Un clásico riojano de producción limitada que demuestra cómo el paso paciente por la madera y el respeto al viñedo viejo construyen un tinto memorable.

Un vino que hay que probar alguna vez, si puede ser más de una mejor, es un vino que invita a seguir bebiendo, y esa es la mejor señal de que gusta porque está bueno.
Yo lo probé la última vez en el restaurante Yarza, la fiesta fue doble. Buscábamos precisamente eso, disfrutar de una cocina tradicional actualizada, honesta y sin sobresaltos. Entre platos que honran las recetas de antaño con un respeto reverencial al producto local, hacía falta un compañero líquido que estuviera a la misma altura de exigencia. Fue entonces cuando nos decidimos por descorchar un 200 Monges Tinto Reserva 2013 de Bodegas Vinícola Real. Estábamos ante un Rioja de corte clásico, pausado y elegante, que lejos de los destellos efímeros de la fruta joven, demostró una madurez soberbia. Un vino que necesita airearse para entregarse por completo en la mesa y que defendió el nivel gastronómico de la velada con una solvencia rotunda. Si quieres entender lo que significa el verdadero valor del tiempo en un vino de guarda, sigue leyendo.

Era una añada 2013 de Bodegas Vinícola Real, D.O.Ca. Rioja, de corte clásico y de hechuras excelentes. Es poseedor de unos aromas intensos donde destacan las frutas rojas maduras, entrelazadas con toques de madera de cedro. En boca, se presenta con cuerpo y equilibrio, ofreciendo una textura sedosa y elegante. Se escribe con G porque es así como aparece la palabra en los albores del castellano. Este vino es el resultado de la selección de tres variedades de uva: Tempranillo 85%, Graciano 10% y Garnacha 5%. Envejecido durante un mínimo de 20 meses en barricas nuevas de roble francés y americano, permaneciendo al menos 16 meses en botellero.

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