Una crónica detallada sobre la barra mediterránea que recupera el tapeo ilustrado valenciano, combinando embutidos con sello de origen, cocas de alma marinera y postres con sabor a sobremesa.

Hay calles en el corazón comercial de Valencia que parecen destinadas al paso apresurado y a las propuestas clónicas de consumo rápido. Por fortuna, el callejero siempre guarda un resquicio para la cocina con identidad. En la calle Martínez Cubells 6, a unos pasos de la agitación de la calle Colón, se resguarda Alenar Bodega Mediterránea, un proyecto que ha sabido leer a la perfección lo que el comensal busca, una taberna contemporánea bien asentada, donde el producto respira proximidad y el vino valenciano asume un protagonismo absoluto en la estantería.

El local apuesta por una propuesta abierta a la carta con precios comedidos, excepto en algunos vinos, permitiendo trazar recorridos muy alternativos donde conviven salazones, tapas valencianas tradicionales, recetas típicas y cocas de la Marina pasadas por el horno. Un formato idóneo para disfrutar de forma individual, acomodado en un rincón de la barra o en una de sus mesas con un buen blanco enfrente, midiendo el pulso de la cocina mediterránea a base de pequeños y certeros bocados.

El servicio comenzó con unas rebanadas de pan rústico cortadas al bies, ligeramente tostadas en cocina, que exhibieron una corteza crujiente y una miga elástica provista de vistosos alveolos. Me sorprendió su calidad, no lo esperaba así.

Para acompañar el pan y aderezar uno de los platos siguientes me ofrecieron esta botella de Argolí, un excelente Aceite de Oliva Virgen Extra elaborado por la Cooperativa de Sant Pere de Moixent, en Terres dels Alforins. Se trata de un coupage netamente valenciano compuesto por un 80% de aceituna Grossal —que le otorga un frutado medio-alto con notas a tomatera— combinado con Blanqueta, Manzanilla, Arbequina y Picual, resultando de una entrada sedosa en boca con un sutil punto picante final. Maravilloso.

Como aperitivo pocas veces me resisto a una gilda clásica (2,50 €), esta, como se puede apreciar, venía compuesta por tres aceitunas carnosas tipo manzanilla, dos piparras alargadas de acidez limpia con un picante notorio pero natural, sin excesos, y un lomo limpio de anchoa abrazando el centro de la brocheta, todo regado con un hilo fino de aceite.

El verano es época de tomates y aquí lo saben seleccionar bien, afortunadamente no estaba frío, tenía un sabor pleno y natural, porque utilizan un buen tomate. Por eso pude disfrutar de esta ensalada (8,00 €), una ración de frutos carnosos de temporada troceados en dados, coronados con finos aros de cebolla tierna, que terminé de aliñar en mesa con el soberbio AOVE de aceituna Grossal de la Cooperativa Sant Pere, potenciando los aromas a huerta. Refrescante y sabrosa.

Siguiendo con mi costumbre, me pedí las bravas para testar el nivel del local según este plato tan sencillo que prácticamente tienen en todos los restaurantes. Ante el volumen del pedido que estaba haciendo el camarero me sugirió que tomara solo media ración de bravas (5,50 €). Elaboradas al horno con su propia piel, mostraron una textura tierna por dentro y más firme en el exterior, coronadas por una porción central de la salsa brava de la casa de perfil sutil y espolvoreadas con pimentón. Para otorgarles el picor genuino que pienso que el plato requiere, pedí que me proporcionaran un frasco de Tabasco para aliñarlas a mi gusto.

Un plato genuinamente valenciano era esta ración doble de mini-hamburguesas de figatell (4,00 € por unidad, 8,00 € en total), procedentes de la reconocida carnicería Ca Fuster de Gandía. Las piezas de embutido, elaboradas con su característico picado grueso de hígado y magro envuelto en el redaño, lucieron un impecable punto de plancha que preservó su jugosidad interior. Se presentaron en panecillos chapata tiernos, asentados sobre una combinación de mahonesa y salsa mery (ajo, perejil y aceite de oliva), y coronadas por una lasca rectangular de queso manchego semicurado dispuesta para fundirse levemente con el calor residual de la carne. Un bocado sabroso bien equilibrado.

El tramo salado concluyó con la coca de pulpo seco y berenjena asada (9,90 €). Una base alargada de masa fina de pan de coca sobre la que se despliega una cama de berenjena asada, junto a unas tiras de cebolla también asada y una salsa ligera de tono anaranjado que liga el conjunto. Coronando el pase, las rodajas trinchadas de pulpo seco, ligeramente rizadas en sus bordes por la acción directa del calor, aportaron su característica textura firme y un nítido fondo yodado. El pulpo no es el tradicional que se sirve en tapa.

El broche de la comida se resolvió en clave de sobremesa autóctona, compartiendo impresiones con el personal de la cocina, yo desde la mesa y ellos tras la barra, con el tiramisú de cremaet (6,50 €), presentado en un tarro de cristal que revela sus texturas. El postre superpone una crema de café espolvoreada con canela en lugar del clásico cacao, trozos de bizcocho de naranja, helado artesano de turrón, fragmentos crujientes de galleta de jengibre, toque de Baileys y unos llamativos dados traslúcidos y ambarinos de gelatina de cremaet que evocan los aromas espirituosos de ese combinado de café tradicional. Exquisito.

El vino elegido de entre la abundante oferta de referencias valencianas fue Beberás de la copa de tu hermana 2023 (28,00 €), un vino blanco elaborado por la bodega valenciana Filoxera & Cía en Fontanars dels Alforins. Este singular blanco destaca por un ensamblaje basado predominantemente en la variedad Malvasía (en torno al 60%), finamente complementada con Macabeo, Verdil y una pequeña proporción de Merseguera. Aportó una excelente frutosidad, notas florales y una frescura equilibrada que anduvo a la perfección con la comida.

Alenar Bodega Mediterránea demuestra que se puede hacer hostelería con identidad en el centro neurálgico de Valencia sin caer en los tópicos turísticos ni en las rigideces de la alta cocina. Hay un respeto evidente por las elaboraciones de nuestra tierra —empezando por el embutido de la Safor y continuando por el pulpo seco de la Marina o los vinos valencianos— y un manejo del producto local que se agradece enormemente. La experiencia funciona porque es directa en los sabores, medida en las proporciones y ejecutada por profesionales de sala que saben hacer sentir cómodo al comensal que acude a disfrutar de la buena mesa.