Gamba de cristal impecable, vino de ensueño y platazos frente al mar: Luces y sombras de nuestra visita a Can Somni (Alcossebre).

Acertar a la hora de elegir dónde comer bien en Alcossebre, eludiendo los menús playeros impersonales, es un ejercicio que requiere dedicación, especialmente cuando decidimos salir a testar las mesas de la costa fuera de la temporada estival. Con ese propósito pusimos rumbo al Can Somni Restaurante, un rincón gastronómico en un lugar privilegiado que defiende la cocina de mercado en primera línea de la Playa del Moro. Atraído por la fama de su producto de lonja y por las recurrentes opiniones que alaban la generosidad de sus raciones, decidimos reservar mesa un jueves de mayo al mediodía para analizar de forma rigurosa si el nivel de su carta, la frescura de su materia prima y el precio final de la experiencia justifican su reputación como uno de los restaurantes a tener en cuenta en Alcossebre.

Pusimos rumbo a la primera línea de la Playa del Moro para analizar uno de los espacios con mejores vistas de la costa de Castellón. En un jueves de temporada baja (mayo), nos sentamos de forma anónima y pagando al final nuestra cuenta como siempre en Can Somni para poner a prueba su cocina de mercado y la regularidad de su sala.
¿El resultado? Una de cal y otra de arena. En el lado brillante, unas generosas y excelsas gambitas cristal con una fritura milimétrica, raciones abundantes en los principales y un albariño de culto (Envidiacochina de Eladio Piñero) que ayudó a salvar la jornada. En la sombra, una rosquilleta de hummus decepcionante y un servicio atento y diligente pero claramente insuficiente para el número de comensales que ocupábamos el comedor lo cual ralentizó el ritmo de la comida.

Empezamos con un entrante sobresaliente. Las gambitas cristal tenían ese punto crujiente perfecto, nada aceitosas, potenciadas de forma magnífica por la mayonesa cítrica. El toque de acidez cortaba la fritura de manera impecable, invitando a seguir comiendo. Un bocado adictivo.

Sorprendentes estas crucíferas crujientes con hummus, sésamo y chilli sweet. Las crucíferas mantenían una textura tersa y al dente muy disfrutable (mejor la coliflor que el brócoli). El contraste entre la cremosidad del hummus, el sésamo y el sutil toque canalla y dulce de la salsa de chile demostró que las verduras pueden ser las auténticas protagonistas de la mesa.

Rosquilleta de hummus con tomate cherry y encurtidos. Este plato me resultó decepcionante, porque con ese enunciado esperaba una rosquilleta hecha con harina de garbanzos y algo más, también porque el hummus era muy blando para mi gusto. Le salva un poco la base crujiente de la rosquilleta, refrescado por la acidez de los encurtidos y el dulzor del cherry, pero no lo volvería a pedir. Imitar una marinera no es suficiente.

Huevos rotos con atún rojo, patatas y salsa de tomate de penjar de Herrera.Un plato destacable de entre los principales. Una reinvención sublime de un clásico. Las patatas caseras y el huevo meloso secundaban al atún rojo El broche de oro lo puso la salsa de tomate de penjar de Alcalà (Herrera), aportando esa identidad local, dulce e intensa que redondeaba todo el plato.

Bacalao al pil-pil de cebolla, patatas y tomate cherry. Un principal de altura. El bacalao estaba impecable, con las lascas separándose al mínimo toque del tenedor y manteniendo toda su jugosidad. El pil-pil, versionado con el dulzor de la cebolla confitada, junto con las patatitas y el frescor de los cherrys, creó un conjunto armónico y reconfortante.

El postre fue esta tarta de chocolate con helado de frutos rojos y yogur. El cierre perfecto para los amantes del chocolate. Una tarta intensa, muy densa y con carácter, que se aligeraba magistralmente gracias al helado. El juego ácido del yogur y los frutos rojos limpiaba el paladar en cada bocado, evitando que resultase empalagoso.

Envidiacochina (Eladio Piñero) D.O. Rías Baixas. Monovarietal Albariño con 6 meses sobre lías, ensamblado con Frore de Carme y con 1 año de reposo en botella La elección de este vino fue un éxito rotundo para todo el menú. Su estructura y excelente acidez, su volumen en boca (gracias al trabajo de las lías y el aporte del Frore de Carme) estuvo a la altura de todos los platos. Un vino complejo, con carácter y sumamente gastronómico que redondeó la ocasión.

El ticket final en Can Somni Restaurante ascendió a 152,55 € para dos comensales (76,28 € por persona), incluyendo las cervezas de inicio, un café y un chupito de grapa. Es un precio notable que se justifica por la generosidad de las raciones y la categoría del vino seleccionado (39 €). Sin embargo, el peaje a pagar fue un servicio atento pero claramente insuficiente para cubrir en ese momento la sala, lo que estiró los tiempos de espera de forma injustificada para un jueves de temporada baja. Pagamos producto de primera línea, pero el ritmo y la cocina deben pulir estos desajustes para redondear la experiencia.
En temporada alta el equipo funcionará mejor coordinado y esos desajustes entre cocina y sala no serán evidentes y el disfrute será mayor todavía. Para repetir otra vez.
PD. Ferràn Adrià dice que el ritmo en un restaurante debe funcionar como en una ópera.