Le Bar de Vins. Ruzafa

por paco
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Cuando el vino dicta las normas y el plato lo secunda convenientemente

Una inmersión en la sobresaliente bodega de Le Bar de Vins, donde el producto adecuado y los vinos de nivel se alían para reconfortar al enófilo aficionado.

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Llevar el peso de ser catalogado como uno de los espacios con una de las mejores bodegas de Valencia en su categoría no es tarea fácil, pero en esta casa se lleva con la naturalidad de quien abre botellas entre amigos. Le Bar de Vins no engaña a nadie, el proyecto, inaugurado a finales de 2023 en el vibrante barrio de Ruzafa, es un auténtico templo para los amantes del buen beber. Detrás de esta bendita locura están tres socios que suman un bagaje incontestable en el sector: Luca Bernasconi (dinámico profesional y alma máter de la distribuidora LEBULC), Paco Senís (reconocido director técnico de la bodega de referencia que es Celler del Roure) y Marta Abarca. Indispensable y reconocida directora de la sala. Con semejantes mimbres, era evidente que aquí el vino iba a mandar.

El local huye de la frialdad moderna para abrazar una calidez de taberna ilustrada, con paredes de ladrillo visto, una barra de microcemento gris que vertebra el espacio y neveras acristaladas que exhiben una rotación magnífica de etiquetas aptas para todos los presupuestos. En la sala, el propio Luca Bernasconi te guía con una atención directa, pedagógica y desprovista de los discursos encorsetados del sumiller de manual.

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La propuesta sólida, concebida como un tapeo mediterráneo para compartir, cuenta con la asesoría en cocina de Jordi Riera. No esperen aquí un menú del día, las raciones se defienden a la carta con solvencia y en los platos que a diario se ofrecen "fuera de carta", como el arrós amb fesols i naps que había este domingo. Para los comensales entregados al disfrute, es un territorio idílico donde la factura final se justifica trago a trago, situándose en una horquilla muy razonable para el nivel de lo que se descorcha.

Aprecia aquí un rincón con mucha solera que delata las intenciones del local. Esa estantería plagada de "cadáveres exquisitos" —grandes botellas vacías que ya cumplieron su bendito cometido— funciona como la mejor declaración de principios de la casa. Se aprecian etiquetas serias, desde borgoñas blancos hasta ese Dofí de Álvaro Palacios, pasando por la finura gallega de Lousas, la caja de Micalet y espumosos con pedigrí. Todo un museo de la liturgia disfrutona de esta sala, confirmando que aquí se descorcha con criterio y sin miedo al éxito.

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El primer plato en llegar a la mesa es la ensaladilla, una prueba infalible para medir el pulso a cualquier barra. Todos tenemos nuestro modelo ideal en nuestra memoria gustativa. Se presenta con una proporción de atún notable, donde el pescado reclama su protagonismo, ligada con una mahonesa suave y generosa que aporta cremosidad sin resultar pesada. Corona el conjunto el cebollino picado y unas tiras de cebolla encurtida que regalan un punto eléctrico de acidez en cada bocado.

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Continuamos con los torreznos, una propuesta que se desvía del canon habitual al prescindir de esa corteza crujiente que suele darle a este aperitivo esa característica tan especial. En su lugar, el plato ofrece unos tacos de panceta confitada de dos colores, una zona magra y otra grasa, donde el tocino entreverado se funde en la boca exhibiendo una magnífica calidad cárnica.

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El punto conflictivo de la jornada vino con las gambas al ajillo, acompañadas de huevo frito y patatas chips caseras con salsa verde. Si bien el marisco y el huevo cumplían su cometido con creces, las patatas nos dejaron un tanto tibios, esperábamos una guarnición más original, apetitosa y jugosa.

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Subimos el listón con la costilla de ternera lacada. La carne se desprendía sola, melosa y profunda de sabor gracias a un lacado impecable y brillante. El contrapunto lo ponía el Tzatziki, sin embargo, la salsa griega resultó claramente mejorable debido a una textura excesivamente fluida y aligerada que carecía de la densidad untuosa del yogur griego tradicional, desvaneciéndose rápido frente a la potencia grasa de la costilla. Afortunadamente las patatas asada que la flanquean, bien tostadas por los bordes y con su toque de pimentón, entraban por los ojos con gula y cumplieron perfectamente su cometido de guarnecer a la carne.

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De postre elegimos el surtido de quesos que han sido seleccionados con un criterio impecable. Destacó el Moluengo, una joya de cabra con ceniza vegetal comestible elaborado por José Luis Abellán en Villamalea (Albacete). De coagulación láctica y unos 20 días de maduración, exhibe una pasta húmeda y sedosa arropada por la acción del Geotrichum candidum. En boca es pura elegancia: acidez suave al inicio, un recuerdo nítido a leche caprina y un final persistente con un ligero picor sutil. Completaron la tabla un clásico Pata de Mulo de perfil recio y oveja madura, la inconfundible franja horizontal del Morbier con su frutosidad elástica y la nobleza madura de un Comté con sus característicos recuerdos a frutos secos. Un disfrute para redondear la comida.

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El apartado vínico fue el verdadero motor de la comida. Comenzamos con Les Freses 2025, un moscatel seco de la Marina Alta que es pura luz mediterránea, fresco, floral, directo y con una magnífica acidez que armonizó los primeros compases.

Para los platos de más peso, por fin pudimos descorchar La Servil 2024, una monastrell en pie franco de altura elaborada por Bodega Cerrón en Fuente-Álamo (D.O. Jumilla). Llevaba ya algunas comidas tras su pista en diferentes plazas, pero siempre lo encontraba agotado. La espera mereció la pena, es un tinto con tensión, fruta roja crujiente, nervio calcáreo y una finura soberbia que demuestra el grandísimo momento que vive esta variedad cuando se mima el viñedo viejo. Un trago largo, elegante y adictivo. Un gran vino.

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Le Bar de Vins cumple con creces lo que un servidor le exige a un buen restaurante cuando el tique empieza a elevarse: la materia prima es noble, el trato al vino roza la devoción y el asesoramiento te hace disfrutar de verdad. Hay locales donde el vino es un acompañamiento, y luego están esos templos benditos donde el líquido dicta las normas y los platos obedecen con clase. La experiencia global es sumamente disfrutable gracias al peso específico de su bodega. Un rincón indispensable para estirar la sobremesa.

Fotografías: © Paco Palanca / Instagram: @ojoalplato.blog  / Facebook: @ojoalplato /Twitter: @ojoalplato /Twitter: @pacopalanca

Ficha de restaurante
Cocinero/a Jordi Riera
Dirección C/ dels Centelles, 27, L'Eixample, 46004 València
Teléfono +34960195230
Página web https://lebardevins.com/

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