Cuando el respeto por el producto de la tierra encuentra su sitio entre el dinamismo del mar y el carácter del barrio

Hay espacios que conservan el latido de lo que fueron, y este antiguo almacén de vinos de los años treinta, reconvertido hoy con indudable gusto en hotel y restobar, es el ejemplo perfecto. Cruzar el umbral de su sobria fachada nos traslada a un patio interior con un frondoso jardín que parece aislarte, por arte de magia, del ajetreo del barrio marítimo. Se trata de un proyecto del grupo Vicios Food, visto que todas sus iniciativas han sido exitosas en Valencia (La Chipirona, La Pappardella, Al Pomodoro) fuimos dispuestos a comprobar si la propuesta gastronómica mantiene el pulso al que nos tienen acostumbrados y se ajusta a la espectacularidad de un continente que combina ladrillo visto, azulejos tradicionales y luz natural.

La propuesta de la cocina transita por una línea mediterránea bien entendida, complementada con sutiles influencias viajeras que aportan dinamismo sin caer en el sinsentido de la fusión injustificada. Para los días laborables, el espacio ofrece un menú del día por 18,50 € (2026) de martes a viernes, que incluye tres entrantes compartidos, principal a elegir y postre, una alternativa de excelente acogida en la zona, aunque en esta ocasión preferimos explorar a fondo la identidad de su carta. La sala se mueve con soltura y un ritmo bien medido bajo la atenta mirada de Alice, que gestiona el servicio con una simpatía y profesionalidad que hacen que te sientas como en casa desde el primer minuto.

Comenzamos el recorrido con un bocado donde el fuego dicta sentencia. La focaccia con tomate y all i oli. En ella se aprecia claramente el resultado de la cocción de la base del pan por el impacto directo del calor del horno, consiguiendo una corteza crujiente con esas marcas tostadas tan sugerentes. Llega dispuesta para que el comensal monte el bocado a su gusto, un tomate finamente especiado y picado de forma rústica aporta la frescura y la acidez necesarias, mientras que un untuoso all i oli de pimentón de la Vera corona la experiencia evocando sutiles notas ahumadas.

Croqueta de jamón ibérico. La prueba del algodón en cualquier cocina que se precie. Aquí se presenta con un impecable formato esférico y un rebozado artesano de grano grueso que delata un crujiente inmediato y sin rastro de grasa sobrante. Cada pieza descansa sobre una pequeña emulsión de salsa de tomate sabrosa y, al morder, el interior revela una bechamel fluida, sumamente cremosa, que encapsula el sabor y la sapidez justa del jamón. Equilibrio de manual.

Taco de gambón. Un guiño callejero del que dicen los camareros que es de lo que más gusta en el restaurante, servido en un clásico soporte metálico. Sobre una tortita de maíz ligeramente pasada por la brasa para ganar flexibilidad y aroma, reposa el gambón, envuelto en una tempura de panko crujiente. Las hojas de rúcula fresca aportan el contrapunto amargo en la base, la cebolla encurtida la vivacidad ácida con su característico tono rosa eléctrico y una emulsión de kimchi corona el conjunto con un picante sugerente que estimula las papilas.

Tomate Gilda. Una ensalada fresca que rinde pleitesía al producto marino y a la huerta, deconstruyendo el clásico pincho vasco. El tomate de temporada sirve de lienzo cubriendo por completo el plato con un rojo que define su madurez. Sobre esta base vegetal reposan los tesoros del mar: lomos de anchoa, filetes de sardina ahumada con su característico lomo plateado y, en el centro, jugosos tacos de atún marinado. Las piparras enteras aportan el nervio tradicional, todo armonizado por aceites aromáticos y cebollino finamente picado. Faltaban las aceitunas, elemento imprescindible aunque se trate de una deconstrucción.

Fish & Chips. Un clásico tabernario y callejero británico adaptado al paladar local con un refinamiento bien ajustado. Los taquitos de bacalao, tras un correcto marinado, se fríen logrando un exterior dorado y un interior donde el pescado conserva toda su jugosidad bajo un rebozado crujiente y etéreo. Se presentan cobijados en un cucurucho de papel acompañados de unas patatas en gajos amplios con su propia piel y una salsa tártara casera bien densa, con el punto justo de encurtidos para darle viveza al bocado.

Entraña «La Finca». Llega el turno carnívoro con una pieza de entraña madurada trinchada que está provista de una magnífica infiltración grasa intramuscular que le daba una gran jugosidad y un sabor muy intenso. El marinado con hierbas aromáticas penetra en las fibras sin enmascarar el profundo sabor vacuno de la carne. Sale a la mesa con el punto de cocción exacto —un sellado exterior justo y tostado, manteniendo el corazón rosado e intenso— y escoltada por una generosa base de patatas a lo pobre, impregnadas del jugo del asado y sazonadas con escamas de sal.

Degustación de quesos. Una tabla que pedimos al final para alargar el apartado salado antes de dar el salto al postre. Se distingue con nitidez cada una de las referencias elaboradas con leche cruda: los bastones rectangulares firmes del Comté francés de 36 meses de curación [Jura] y los triangulares del zamorano Peña Nieto [Coreses]; la cremosidad veteada y rotunda del azul Picón Treviño [Cantabria]; y los elegantes y blanquecinos cortes del queso de cabra cubierto con ceniza Montbrú [Toledo]. Los dados de membrillo y la variedad de frutos secos completan un interludio láctico disfrutable.

Tiramisú Líndala. Llegados a los postres, la versión de la casa se desvía de la ortodoxia italiana para imbuirse de las costumbres del barrio. Se presenta en un tarro de cristal ancho, idóneo para hundir el cubierto hasta el fondo. A través del vidrio se aprecian las capas alternas, los bizcochos aparecen generosamente emborrachados en cremaet —ese café corto con ron quemado, canela y limón tan nuestro—, cubiertos por una crema de tiramisú ligera, etérea y espolvoreada con cacao puro. Un cierre goloso con un inconfundibles toque local.

Texturas de chocolate con helado. Para los devotos del cacao, este plato propone un estimulante juego de densidades y porcentajes dispuestos de forma geométrica. Encontramos la contundencia de unos dados compactos de brownie con nueces, unos sutiles rosetones de espuma de chocolate que aportan la ligereza aérea y al centro el frescor de una generosa bola de helado cremoso. Un final complejo que unifica las densidades con un fino hilo de chocolate fundido.

Empezamos con un vino ligero pero con carácter, el Blanco Nieva 2025 (D.O. Rueda) [Martúe], un 100% verdejo que destaca por su frescura, notas de fruta blanca y esa acidez punzante ideal para los primeros compases de los entrantes.

Posteriormente, pasamos al tinto con Sentada sobre la bestia 2020, de la bodega valenciana Filoxera y Cía de Terres dels Alforins. Lleva Monastrell 60%, Tempranillo 20%, Garnacha tintorera 12% y Malvasía 8%. Tiene 91 puntos Parker. Un vino con un diseño de etiqueta tan canalla como su propio espíritu. Un tinto con carácter, fruta madura bien integrada con matices de tostado y toffe. Entrada potente en boca, con sensación dulce y con volumen. Tanino agradable marcado. Vino equilibrado, con marcado carácter mediterráneo.

Líndala demuestra ser un espacio agradable que ofrece una cocina contemporánea, muy correcta y resuelta con solvencia, en un entorno de diseño indudablemente atractivo. No estamos ante una propuesta que busque la excelencia técnica o que rompa moldes gastronómicos, pero cumple su cometido con honestidad en el plato. El servicio capitaneado en sala, donde en esta ocasión nos atendió Alice brindando una atención amable y cercana, demuestra profesionalidad y mantiene un ritmo adecuado para que la velada sea fluida.
