Una aproximación rigurosa a la cocina playera que esquiva el tópico del chiringuito descuidado, a través del producto e ideas originales como el postre

En primera línea de la playa del Carregador se encuentra el Restaurante Marimer, una propuesta bicéfala que junta el desenfado del chiringuito Mar (con sus brasas y tapeo) y la formalidad del restaurante Mer (un salón cerrado donde conviene reservar). Aquí no hay aire acondicionado que valga: los ventiladores de techo se alían con la brisa costera para regular el termómetro; si el día aprieta, prepárate para sentir el rigor del verano levantino en la piel. Pero se viene a lo que se viene.

La carta equilibra el recetario de la comarca con guiños cosmopolitas bien integrados. El personal de sala trabaja con un ritmo ágil y una cercanía eficiente que se agradece enormemente cuando el llenazo es absoluto, un mal endémico de la temporada playera que aquí gestionan con oficio.

El preludio obligado en esta costa arranca con un servicio de cuenco de tomate y cuenco de all i oli. Se acompañan de una cesta con panes industriales, lo delata el picadito de la base. Un entretenimiento rústico, directo y sencillo. Son una buena ayuda entre los impases entre plato y plato, aunque hay que insistir en que el ritmo fue correcto, sin esperas largas entre cada pases.

Comenzamos con el Rollo Vietnamita de langostinos, aguacate y mayonesa de kimchi. Lo más flojo de la comida. La presentación es satisfactoria. Una oblea de arroz elástica, troceada en secciones, que envuelve el relleno (verduras, langostino y aguacate) coronada con puntos alternos de crema de aguacate, mayonesa de kimchi, sésamo bicolor y un generoso baño de salsa de soja. Un entrante correcto, pero con falta de nitidez en los sabores principales.

La cocina enderezó el rumbo con el Huevo roto de nuestras gallinas con gambas al ajillo y patatas fritas. Aquí no hay espacio para el postureo, un plato directo, popular y bien resuelto. En la base se acomodan unas patatas fritas. Sobre ellas descansa un huevo que se ha frito con un molde, de circunferencia perfecta. El remate lo coronan cuatro gambas en su justo punto de cocción, espolvoreadas con láminas de ajo tostadas y perejil picado.

El plato principal lo protagonizó el Fideuejat. Se trata de una fideuà de fideo fino con chipirón, gambón y ajos tiernos. El fideo aparecía perfectamente seco, suelto e impregnado de un caldo de pescado profundo y limpio. Dos gambones presiden el centro, flanqueados por los tropezones de chipirón y los ajos tiernos. Rompiendo la monotonía cromática, se disponen con precisión varios botones de mahonesa de perejil. Aportan una vistosidad indudable y un contrapunto herbáceo que, bien dosificado, aligera la intensidad del fondo concentrado.

Lo mejor y más original de toda la comida, llegó a la hora del postre con el Café Marimer. Este postre es un ejercicio de alta escuela en texturas y contrastes. En el fondo se asienta una untuosa crema de pistachos de intenso sabor de fruto seco, coronada por una bola de helado de vainilla que empieza a fundirse bajo el impacto de un café expreso aromático y con buen cuerpo. La superficie, salpicada con un generoso praliné crujiente de pistachos picados, se remata de forma magistral con un cordón sinuoso, espeso y brillante de toffee de caramelo que flota sobre la crema del café. En boca es una auténtica fiesta, el amargor nítido del expreso realiza una necesaria e impecable labor de contención frente al dulzor denso del tofe y la frutosidad del pistacho, mientras los tropezones aportan el crujiente necesario. Un postre soberbio, con personalidad que recuerda bastante a un café irlandés.

Para armonizar este almuerzo playero elegimos Ramón do Casar, un magnífico blanco de la D.O. Ribeiro elaborado con un ensamblaje de treixadura, albariño y godello. Se nos sirvió a la temperatura adecuada que exige el termómetro exterior. Es un vino eminentemente fresco, de marcada frutosidad blanca y cítrica, salpicado de notas herbales y un fondo balsámico.
En el Restaurante Marimer te encontrarás lo que tanto cuesta ver en el litoral, respeto por el comensal y una sorpresa mayúscula en el dulce. No se escudan en la inmejorable ubicación para bajar la guardia. Aunque el rollo vietnamita naufrague, la regularidad en los fondos de sus arroces, la honestidad de sus huevos fritos y, sobre todo, la brillantez técnica de ese Café Marimer justifican la visita. Hay conocimiento, hay oficio y hay un servicio que dignifica la sala a pesar de las condiciones ambientales del verano y la falta de aire acondicionado.