¿Buscas dónde comer en Cuenca? Hablamos del Mesón El Bodegón y sus sartenes castellanas, zarajos y morteruelo. Crítica independiente sin rodeos.

En nuestra visita a Cuenca para seguir completando la Guía que está incluida en Ojo al plato, nos acercamos, sin haber hecho reserva, cosa rara en mí, al Mesón El Bodegón, como era temprano tuvimos suerte y había mesa libre. Esta ubicado en una antigua herrería en el centro de la ciudad, enfoca su propuesta en las carnes a la parrilla y la cocina mediterránea y manchega tradicionales. Aquí te vas a sentar en torno a una mesa castellana de las de verdad, donde te ofrecen una cocina de esas donde el producto no se esconde tras humos artificiales o espumas innecesarias, aquí encuentras autenticidad. Huyendo de una noche de calor inusual, decidimos acomodarnos en la agradable terraza que tiene a la puerta, en un rincón alejados de tráfico y movimientos peatonales masivos, hay mucha tranquilidad y sosiego. Como se puede comprobar en la foto la carta es totalmente clásica de cocina mediterránea y manchega para más señas. El morteruelo, los zarajos, el gazpacho o el ajo arriero son imprescindibles en este genuino mesón.

Para combatir el anormal calor de finales de mayo nos apeteció empezar por algo fresco, nos decantamos por un clásico que no admite trampa ni cartón: "Tomate con ventresca". Un plato de una sencillez franciscana, pero que vive o muere por la calidad de la materia prima. Visualmente la ración se presenta generosa, principalmente en cuanto al atún se refiere. Sobre una base de tomate natural, cortado en gajos rústicos y prietos, se disponen con magnificencia las lascas de ventresca de atún. A un lado, aportando el necesario contrapunto cromático y sápido, una equilibrada guarnición de cebolla morada finamente fileteada en juliana.

Continuamos el festín con uno de los símbolos del recetario conquense: el "Zarajo de cordero lechal". Una elaboración de casquería fina que puede intimidar al neófito, pero que aquí se ejecuta con una solvencia incontestable. El argumento para los reacios a probarlo es el siguiente "Igual que te comes las tripas que llevan otros embutidos, como la morcilla, el chorizo, y otros fiambres, pues esto es lo mismo, pero mucho más natural". La ración llega a la mesa dividida en rodajas bien definidas, evidenciando un asado meticuloso. El exterior luce un tostado crujiente, casi como de torrezno, mientras que las entrañas trenzadas alrededor del sarmiento mantienen esa textura tierna y melosa tan codiciada.

Llegó el turno de otro puntal de la despensa tradicional de la provincia: el "Chorizo de orza". Una conserva de las de antes que huye de barroquismos y se presenta con la honestidad de la cocina de subsistencia. En el plato, la pieza de embutido destaca por su piel tersa, brillante y sutilmente sudada por el calor de la fritura previa a su conservación en aceite. A su lado, un generoso lecho de patatas panadera cortadas en láminas amplias, confitadas y rematadas con un vivo y fragante aceite de ajo y perejil que aporta un toque herbáceo muy necesario. Corona la guarnición la mitad de un tomate asado. Una presentación que abre el apetito.
No podíamos pasar por alto el plato emblemático por excelencia de la gastronomía conquense: el "Morteruelo" Del que no conseguí la foto por las ganas que teníamos de probarlo. Nos sirvieron una ración muy correcta, de pasta densa pero untuosa, donde el protagonismo de la caza menor (habitualmente liebre, conejo o perdiz) y las especias estaba perfectamente equilibrado tras horas de paciente cocción y machacado. Un guiso de pastores recio, complejo, de los que exigen pan al lado y demuestran el respeto de esta cocina por el recetario ancestral de la provincia. Una delicia de las que calientan el alma.

Una de las recomendaciones de Ángel, el camarero que nos deparó la suerte que tuviera asignada nuestra mesa, fue la "Sartén de la Casa". Servida, como mandan los cánones, en el propio recipiente de hierro esmaltado, negro y salpicado de un salseo que delata el borboteo del fuego directo. Visualmente, el plato es una declaración de intenciones castellana. Una balsa de salsa de setas, de un color crema que exhala aromas fúngicos y pimienta negra, inunda el fondo cubriendo parcialmente unas patatas panaderas bien pochadas. Coronando el conjunto, dos huevos escalfados en la propia sartén dispuestos a que sus yemas sean rotas para ligar el conjunto. Al fondo, totémica y oscura, descansa una pieza entera de morcilla, con la piel crujiente y dispuesta a aportar el contrapunto especiado y graso al conjunto. Cocina de siempre para mojar pan sin remordimientos.
Para beber, decidimos bifurcar el camino para dar gusto a todos los paladares de la mesa y buscar armonías que estuvieran a la altura de las características de los platos.
Protos Verdejo 2024 (D.O. Rueda). Para entonar los primeros envites de la mesa, pedimos un viejo conocido del gran público. Una apuesta de corte comercial, pero ejecutada con la solvencia técnica a la que nos tiene acostumbrados esta potentísima firma. En la copa se presenta con un atractivo color amarillo pajizo, limpio y con sutiles destellos verdosos que delatan su juventud. En nariz despliega el perfil de la variedad sin complejos: notas de fruta blanca (manzana verde, pera), acompañadas de los clásicos toques tropicales y ese fondo herbáceo y de hinojo tan característico del verdejo castellano. Su paso por lías finas se adivina aportando una ligera complejidad aromática. En boca es un vino directo y de trago fácil. Exhibe una acidez cítrica bien integrada que aporta frescura y verticalidad, abriéndose paso con solvencia antes de dejar ese característico amargor final, sutil y varietal, que invita a seguir bebiendo.

Fontana Cuvée Isabelina 2022 (D.O. Uclés). Para cuando la mesa se puso seria con el zarajo, el morteruelo, el chorizo y la morcilla de la sartén, decidimos jugar en casa apostando por el producto de la tierra. Descorchamos este tinto ecológico elaborado por Bodegas Fontana. Se trata de un ensamblaje bien medido de Tempranillo y Cabernet Sauvignon, dos variedades que aquí demuestran entenderse a la perfección, con una crianza de 18 meses en barricas roble francés. En la copa ofrece una capa media-alta, exhibiendo un color rojo cereza picota madura, limpio, brillante y con sutiles destellos granates en el ribete. En nariz se muestra franco y con una intensidad frutal notable, gobernada por recuerdos de fruta negra y roja madura (moras, ciruelas) bien arropadas por sutiles notas especiadas, de regaliz y los matices torrefactos de una crianza noble que no satura el conjunto. En boca es donde muestra su potencia con elegancia. Presenta una entrada enérgica, con cuerpo y una estructura tánica bien integrada y madura, que no molesta en absoluto. Posee una acidez fantástica que aporta frescura y viveza, guiando el trago hacia un final largo, ligeramente balsámico y con el carácter suficiente para desengrasar el paladar tras cada envite graso. Un vino de finca honesto, con una excelente relación calidad-precio y un perfil eminentemente gastronómico. La sorpresa líquida de la velada.

Para iniciar el capítulo de los postres, nos decantamos por una de las joyas de la repostería tradicional de sartén: la "Leche frita". Una elaboración casera que apela directamente a la memoria gustativa y que aquí se presenta con una honestidad real, lejos de esas versiones industriales y acartonadas que plagan tantos menús del día. La ración consta de tres hermosas porciones de corte triangular, exhibiendo un rebozado rústico e irregular que delata su factura artesanal. Las piezas llegan sutilmente brillantes, bañadas por un leve hilo de sirope o miel y espolvoreadas con canela molida, cuyo aroma goloso inunda la mesa de inmediato.

Cerramos el capítulo goloso con una versión muy particular del universal Tiramisú. Olvídense de esas texturas etéreas, casi atmosféricas, que se desvanecen en la boca como si fueran aire; aquí la cocina apuesta por una interpretación de una firmeza indiscutible. Visualmente, el postre se presenta como un corte rectangular rotundo, limpio y geométrico, que revela una estructura interna compacta. Sobre una fina base de bizcocho apenas emborrachada, se asienta una generosa capa de crema blanca que, lejos de ser un esponjoso mascarpone batido, muestra una consistencia firme y marmórea. Corona la pieza un manto de cacao en polvo, rematado de forma un tanto barroca por un denso salseo de sirope de chocolate negro que inunda el plato. Se parece más a una tarta de queso que a un tiramisú. En boca, la experiencia confirma las sospechas: es un postre sumamente denso y compacto.
La atención recibida.
Mención especial merece el servicio de la casa, que en esta noche fue sencillamente espectacular. Nos atendió Ángel, un profesional de la sala de los pies a la cabeza que ofició de maravilla y con un acierto pleno. Nos guió con mano izquierda, mucha paciencia y extrema diplomacia a la hora de seleccionar y medir las cantidades de los platos, algo que los buenos aficionados siempre agradecemos cuando visitamos una casa para no terminar saturados. Da gusto encontrar salas donde se mantiene este nivel de atención, pedagogía y señorío sin caer en el servilismo.

Al final, la cuenta reflejó la realidad de lo que debería ser siempre salir a comer fuera en lugares que respetan al comensal: 102,00 € en total para los cuatro. Estamos hablando de 25,50 € por cabeza, incluyendo dos botellas de vino de marcas reconocidas, pan, platos contundentes al centro y dos postres compartidos. Una relación calidad-precio imbatible para los tiempos hiper inflacionistas que corren en la hostelería.
El Bodegón sigue fiel a su filosofía: identidad, regularidad y un respeto reverencial por los sabores de la tierra sin inflar la factura ni vender humo mediático. Una dirección imprescindible en Cuenca para los que disfrutan del comer sin dobleces. Volveremos.
Ficha Técnica
- Fecha de la visita: 28 de mayo de 2026
- Dirección: Mesón El Bodegón, Cuenca
- Servicio: Espectacular (Mención especial a Ángel)
- Entorno: Terraza exterior (agradable y distendida)
- Puntuación de la comida: 7.5 / 10 (Cocina tradicional solvente y académica)
- Puntuación del servicio: 9 / 10
- Vinos: Protos Verdejo 2024 (6,5/10) / Fontana Cuvée Isabelina 2022 (7,5/10)
- Relación Calidad / Precio: Excepcional
- Precio total (4 personas): 102,00 € (IVA e impuestos incluidos)
- Precio medio por persona: 25,50 €