Una estimulante propuesta que celebra la riqueza étnica y el mestizaje tanto asiático como transatlántico en el Puerto de Las Fuentes, donde mandan el producto, una ejecución esmerada y el respeto al vino

Hay días en los que apetece asomarse a otras latitudes sin perder de vista el Mediterráneo. Eso es exactamente lo que ocurre al cruzar el umbral de Morrocoy, un sugerente proyecto asentado en el Puerto Deportivo de Las Fuentes que se autodefine con acierto como una embajada de la cocina caribeña mediterránea. Abre sus puertas principalmente durante la temporada estival y enfocado exclusivamente al servicio de cenas, lo que garantiza una atmósfera relajada, íntima y fresca.

Aquí se viene a disfrutar, a compartir y a dejarse llevar por una propuesta de fusión bien entendida, que estira sus hilos desde el Caribe hasta el sudeste asiático, pero sin perder de vista la materia prima local. Sorprende gratamente encontrar en su propuesta declaraciones de intenciones tan serias como el uso de atún rojo salvaje del Estrecho con sello de J.C. Mackintosh, alternando con corvinas o toques de curry. La hospitalidad se respira nada más entrar, el equipo destila una energía contagiosa, atenta y cercana. Manejan una carta directa, sin rodeos, estructurada para picar al centro y divertirse explorando contrastes de dulce, ácido y picante. No busques aquí un menú del día convencional de mesa y mantel, porque su espíritu es el de una taberna marinera y viajera donde cada plato invita a descubrir mundos.

Ya nos habían hablado de este plato con mucho entusiasmo, así que empezamos por él. Patacones al estilo Morrocoy. Llegan a la mesa dos unidades generosas dispuestas sobre una elegante hoja de plátano. La base de plátano macho frito se muestra firme y crujiente, soportando una generosa ración de pollo mechado que denota jugosidad. Los hilos de las mayonesas de chipotle y kimchi aportan cremosidad y un picante contenido, mientras que la cebolla encurtida rosa y el cilantro fresco salpicado aportan un toque cromático vibrante y un frescor que entona perfectamente. Un acierto absoluto para arrancar.

Continuamos el picoteo compartido dando buena cuenta de los tequeños, ese embajador láctico que ha colonizado con fortuna las cartas informales de medio país. Vienen cinco barritas de queso blanco envueltas en su clásica masa de trigo en espiral. Visualmente, el trabajo de la freidora es intachable. Llegan a la mesa limpios, con un dorado tímido y seco que no deja rastro de aceite en el fondo del cuenco, un detalle elemental que delata que se ha mimado la temperatura de la fritura. Al morder, la masa ofrece esa textura sutilmente crujiente por fuera y tierna por dentro, abriendo paso a un queso blanco que se rinde con elasticidad sin llegar a desparramarse. El toque diferencial es el acompañamiento, una mermelada de guayaba de gran densidad. La fruta aporta esa dulzura tropical con dejes ácidos que contrasta de fábula con la salinidad del queso frito, estirando el sabor en boca de forma elegantísima.
Te voy a contar una curiosidad sobre este aperitivo. Es tal la acogida que le hemos dado en España que actualmente se consume más aquí que en su tierra natal. En Venezuela, el tequeño es el rey indiscutible de las bodas, bautizos y cumpleaños —el pasapalo por excelencia—, pero fuera de ese entorno festivo o de los comedores escolares, no es un producto que se consuma de forma diaria en los hogares ni en los restaurantes. Sin embargo, al cruzar el Atlántico y desembarcar en España, se ha producido una adopción masiva. Su versatilidad comercial lo ha convertido en un entrante fijo y cotidiano que compite de tú a tú con las bravas o las croquetas, integrándose en cartas de hamburgueserías, tabernas informales y bares.

El final salado de la cena nos obligó a cambiar de coordenadas geográficas para adentraros en los sugerentes terrenos de la cocina asiática con los langostinos Thai. Se trata de un curry rojo tailandés que llega a la mesa junto con un cuenco de arroz basmati, presentado con una pulcritud intachable, el arroz bien suelto y decorado con unas semillas de sésamo negro. El guiso de los langostinos invita a hundir la cuchara de inmediato, la salsa luce una textura untuosa, cremosa por el uso de la leche de coco y con ese color anaranjado encendido que delata una base de pasta de curry bien trabajada. En el interior del cuenco reposan cinco hermosos langostinos. La cocina acierta de pleno en el punto de cocción, el marisco llega pelado conservando la cola, mostrando un bocado terso, turgente y jugoso que no se ha visto arruinado por un exceso de cocción. El fondo de curry equilibra con acierto los matices dulces del coco, ofreciendo un picante sumamente amable que no anestesia el paladar. Un plato reconfortante y sabroso

El postre que elegimos era una genuina tarta de tres leches. Qué oasis tan reconfortante y qué bendición para el paladar salir, aunque sea por una noche, de la omnipresente y clónica tarta de queso que asfixia los postres de media España. El secreto de este dulce radica en el equilibrio de su humedad, el bizcocho debe actuar como una esponja capaz de retener la densa emulsión de la leche condensada, la evaporada y la crema, pero sin llegar a desmoronarse ni convertirse en una pasta pesada. En Morrocoy lo clavan, el bocado es jugoso, tierno y exhala un marcado carácter láctico que se deshace en la boca. La cobertura de crema, marcada con hilos de dulce de leche y un acertado granulado de almendra tostada para aportar el matiz crujiente, encuentra su contrapunto idóneo en los frutos rojos y el physalis que corona el plato. La viveza ácida de las fresas, las frambuesas y las moras mitiga con inteligencia el dulzor del conjunto, logrando un final goloso, sutil y sumamente satisfactorio. Una delicia.

De la bodega nos decantamos por una botella de Godeval 2024, un monovarietal de Godello amparado por la D.O. Valdeorras y elaborado por las bodegas homónimas en Xagoaza, O Barco de Valdeorras. Estamos ante un vino que es historia viva de Galicia, fruto de viñedos que hunden sus raíces en laderas de suelos de pizarra pura, factor geológico que se traslada de forma nítida a la copa en forma de una complejidad y una frescura formidables. El vino luce un color amarillo pajizo con reflejos verdosos, limpio y brillante. En nariz se muestra franco, desplegando notas de fruta blanca, sutiles toques de hierbas aromáticas y un fondo mineral. En boca es donde despliega su verdadera utilidad para esta cena. Entra con volumen, untuosidad y una frutosidad glicérica. Acto seguido, emerge una acidez vertical, limpia y salina. Un blanco con casta que demuestra que la Godello bien trabajada es una de las mejores aliadas de las cocinas viajeras y especiadas.
En un panorama costero a veces saturado de propuestas idénticas, se agradece de corazón este soplo de aire caribeño y cosmopolita que mima el producto y respeta el bolsillo del comensal. No busques lujos asiáticos en el mobiliario, búscalos en la autenticidad de sus guisos y en la sonrisa de quienes te atienden. Una dirección imprescindible para apuntar en la agenda de la provincia de Castellón.