Picoteo marino selecto en la céntrica y concurrida Rúa do Franco cerca de la Plaza del Obradoiro

Hay calles que imponen su propia ley y en Santiago de Compostela la Rúa do Franco es el eje donde el apetito se festeja si aciertas con el lugar adecuado o naufraga entre opciones pensadas para el turista despistado. Sin embargo, esquivando los cantos de sirena más obvios, nos detuvimos en el número 10, un rincón resguardado tras muros de piedra recuperada que huye de las estridencias visuales y se concentra en lo que de verdad importa, la autenticidad del producto atlántico. Teníamos una reserva en otro restaurante para la comida principal, pero un hueco hasta la hora fijada exigía un prólogo a la altura. Íbamos dispuestos a entregarnos a un aperitivo corto, dinámico y con la frescura marina como único hilo conductor. Nos encontramos el local abarrotado, una estampa habitual que puso a prueba la resistencia de la sala. El servicio iba visiblemente desbordado por el volumen de clientes, pero hay que romper una lanza a su favor, actuaban con una encomiable buena voluntad, derrochando amabilidad gallega y poniendo todo de su parte para atender adecuadamente a cada mesa sin perder la sonrisa en mitad del caos.

En mis primeros pasos por Galicia fui reacio a pedir mejillones pensando que los hay en toda la península y aquí vale la pena tomar otras cosas, pero cuando me decidí a probarlos cambié totalmente de opinión. Los mejillones en Galicia tienen un sabor y una textura diferente, será por la riqueza de los nutrientes de sus rías, o porque al tomarlos allí mismo, recién salidos de la depuradora y cocinados al momento, marca toda una gran diferencia. Una ración impecable. Llegaron a la mesa bastante limpios, rebosantes de ese jugo marino que invita a beberlo con la concha sin remordimientos. La carne lucía ese color anaranjado vivo, muy tersa síntoma inequívoco de frescura, y jugosa gracias a una cocción precisa que no los dejó menguados ni gomosos. Son otra cosa allí.

No todo lo que hay en el mar gallego son bivalvos, y nos lanzamos a probar estos “calamarcitos a la plancha”. Fue un acierto, de textura tierna, sabrosos y ejecutados con mimo. Nada de pasar por la freidora, aquí se entregaron a la plancha limpia, logrando ese sutil tostado exterior que despierta los azúcares naturales del cefalópodo sin restarle un ápice de jugosidad por dentro. El aliño, un clásico majado de ajo, perejil y aceite de oliva, redondeó un plato donde la delicadeza de la textura fue la auténtica protagonista. Reniego del limón en estos platos tan delicados, se carga el exquisito sabor del producto.

Finalizamos con unos berberechos a la plancha. Un monumento a la sencillez de la gastronomía marina. Perfectamente purgados, sin el más mínimo rastro de arena molesta que arruinase la experiencia. Se abrieron con el calor exacto para preservar intacta su agua interna y su salinidad natural. Un bocado yodado, adictivo, de esos que demuestran que cuando el marisco es bueno, el mejor cocinero es el que menos lo toca.
Cuando uno viaja con el radar gastronómico encendido, se agradecen infinitamente encontrarte con lugares que saben tratar el producto sin necesidad de recurrir a adornos artificiales ni recursos maliciosos. El local cumple con creces su cometido como parada estratégica para comer de tapas. A pesar del agobio de la hora punta y del estrés del personal, que salvó los muebles con puro oficio y pundonor, la cocina también mantuvo el tipo con ejecuciones limpias y sabrosas. Una opción sumamente recomendable para iniciar cualquier ruta gastronómica por el casco histórico sin temor a equivocarse.