Taberna do Carril. Carril (A Coruña)

por paco
pescados Cocina gallega Almejas Cocina de mariscos A Coruña Carril
El mar en el plato, cuando menos es más

Una escapada a las rías Baixas para devorar el producto gallego en su origen, donde preservar la calidad del producto es el mayor reto del cocinero.

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Hay lugares que no necesitan cartelería luminosa ni dobleces para convencer a quien busca el reencuentro con el producto en mayúsculas. En el corazón marinero de Carril, justo al lado de la ría que nutre los paladares más exigentes, se levanta un rincón de piedra y madera que mantiene vivo el espíritu de las casas de comidas de siempre. No busques aquí la última tendencia de la alta cocina, ni emplatados pensados para la galería. La propuesta se centra en llevar lo que da el mar directamente al comensal, respetando los tiempos y el punto exacto que la tradición ha consolidado tras generaciones de oficio.

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La sección de mariscos de la carta es el reflejo exacto de esa filosofía donde manda el mar y no el capricho del cocinero. Al echar un vistazo a la carta, salta a la vista el uso recurrente del término "S/M" (según mercado) en los productos estrella de la Ría, la mariscada, el centollo, la nécora y el lumbrigante (nuestro bogavante de siempre) no tienen un precio fijo porque se someten al vaivén diario de la subasta. Para las raciones de peso cerrado —como las cigalas, los percebes o los camarones— el coste se sitúa en los 30 €, mientras que las almejas a la marinera, pieza clave de nuestra comida, quedan fijadas en 25 € mediante una etiqueta que delata la necesaria actualización de los precios ante la escasez del producto. Un detalle de honestidad que agradezco, la carta aclara mediante un pequeño adhesivo que las zamburiñas son en realidad vieira del Pacífico, diferenciándolas de la volandeira gallega que cotiza a 21 €. Aquí no hay gato por liebre, el papel habla claro. No obstante no pudimos tastar las volandeiras debido a la escasez en el mercado.

El servicio de sala mostró una honestidad encomiable, emocionados tras pedir los primeros envites, la camarera nos frenó con mucho sentido común, con el consejo de esperar a terminar lo que llevabamos pedido antes de seguir sumando comandas para evitar el exceso. ¡Qué razón tenía, no pudimos pedir nada más, no nos cabía ni una coquina (tellina) si las hubiera!

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El pan gallego tiene una justa y merecida fama. Ninguna crónica con origen en estas tierras está completa sin rendir pleitesía al pan, ese elemento que en las buenas mesas deja de ser un mero acompañamiento para convertirse en protagonista. A la mesa nos llegó, sin pedirlo, se ve que es imprescindible, lo cual confirmo, una cesta con pan chapata tradicional que era todo un espectáculo por derecho propio. La corteza tostada cruje al romperse con las manos, revelando una miga de alveolado generoso, esponjosa y con esa elasticidad que delata las largas fermentaciones. Es un pan con carácter, con un sutil punto ácido y un sabor profundo que resulta el aliado obligatorio para lo que está por venir. Su misión principal en esta comida no era otra que actuar de vehículo para no dejar ni una sola gota de la salsa de las almejas en la fuente. No obstante el primer trozo me lo comí a palo seco, de lo bueno que estaba.

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Llega a la mesa uno de los objetivos del día en forma de mariscada de la Ría. Aquí el producto se presenta sin artificios, sencillo y en su punto exacto de cocción. En la parte superior ocupa el espacio un bogavante abierto a la mitad, luciendo unos corales cremosos y unas pinzas potentes y carnosas de un color encendido que invitan a mancharse las manos. Lo acompañan dos nécoras dispuestas en los extremos, un puñado de percebes, aún humeantes, que guardan celosamente el agua yodada en su interior y unas cigalas de caparazón brillante cuya carne se desprende limpiamente. Escondidas entre el conjunto asoman esas pequeñas gambitas rojas que, a pesar de su humilde tamaño, aportan su punto dulce de la glicina de su cuerpo. Un plato de festival que reivindica el punto del producto de calidad de las cocinas gallegas tradicionales.

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Llega el plato que justifica por sí solo el viaje hasta esta localidad, una imponente fuente de almejas de Carril a la marinera. Jugar en casa siempre da ventaja, y aquí el emblema local demuestra por qué ostenta su merecida fama. Se nota la pericia en los fogones al presentarlas todas ellas con las conchas abiertas pero sin exceso de cocción, albergando en su interior unas mollas carnosas, tersas y absolutamente limpias de cualquier rastro de arena. La salsa marinera que las arropa es un monumento a la cocina de paciencia, ligada de forma sutil, con un sofrito fino que aporta color y un fondo untuoso donde el pimentón y el vino blanco asoman sin llegar a silenciar el exquisito sabor de la propia almeja. Es una combinación que reconforta y que te obliga, de manera casi inconsciente, a alternar la cuchara y los buenos trozos de la chapata que teníamos reservados para la ocasión. Un plato de chupar y mojar. Una salsa a la altura del productazo. Un clásico impecable.

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Para el cierre, la casa no se complica con repostería de elaboración propia y opta por una solución sencilla y de proximidad que está ganando terreno en los manteles gallegos. Cuando no eres capaz de superar a un postre industrial, mejor úsalo. El dulce llega directamente en su tarro de cristal, bajo la firma de Versos de A Ruda, un obrador artesanal bien conocido en las rías Baixas por su repostería fresca monodosis. En el tarro, una sugerente crema fría con maracuyá, de textura sedosa y láctea que recuerda a la panna cotta, coronada por una capa frutal donde las semillas negras aportan ese divertido toque crujiente al morder. Lo mejor del invento es el acertado contraste, la acidez punzante y tropical de la fruta de la pasión compensa el dulzor de la crema. Un final fresco, sin pretensiones de alta cocina, pero resuelto con notable dignidad. 

Para acompañar semejante despliegue marítimo decidimos salirnos de las denominaciones más habituales de la zona y apostar por un valor seguro del interior gallego. Descorchamos una botella de Crego e Monaguillo Godello, un blanco icónico incluído en la D.O. Monterrei que nunca defrauda cuando se trata de sentarse a comer en serio y que mantiene un precio que está por debajo de su valor. En la copa se presenta con un color amarillo pajizo brillante, limpio y con reflejos verdosos que ya anticipan su viveza. Al acercar la nariz aparecen con nitidez los aromas a fruta blanca madura y sutiles notas florales, pero es en la boca donde sorprende más aún. Es un vino con volumen, untuoso pero dotado de una acidez fresca y vibrante que refresca el paladar de forma impecable. Esa estructura es, precisamente, la que le permite sostener el envite sin arrugarse, domina la intensidad de la salsa marinera y complementa a la perfección la grasa natural y el dulzor de los crustáceos de la bandeja. A mí el Godello me parece una uva portentosa cuando se busca algo más de cuerpo y consistencia. Un acierto pleno.

Salimos de la Taberna do Carril con la certeza de que el disfrute auténtico no requiere de disfraces técnicos. Se nota que conocen el mar y respetan el punto de cocción de cada pieza como pocos. Aunque la atención en momentos de lleno puede volverse razonablemente algo pausada, el consejo honesto de la sala, la transparencia de su carta y la incontestable frescura de lo que sirven justifican la visita de cualquier buen vividor.


Fotografías: © Paco Palanca / Instagram: @ojoalplato.blog  / Facebook: @ojoalplato /Twitter: @ojoalplato /Twitter: @pacopalanca

Ficha de restaurante
Dirección Travesía da Xalda, 3, 36610 Carril, Vilagarcía de Arousa, Pontevedra
Teléfono +34986507876

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