
Cuando uno se sienta a comer en un restaurante como Ca Pepico, en el Barri de Roca de Meliana, sabe perfectamente que la liturgia va a ser tan seria como auténtica. Pero la grandeza de Pep va mucho más allá de su impecable criterio profesional; reside en su inmensa generosidad humana y en su concepto del compañerismo alrededor del vino. En esta ocasión, la botella no salió de los laberintos de su bodega. Fue el generoso botín de un gran amigo, un regalo de cumpleaños de esos que no se guardan con egoísmo, sino que se descorchan para celebrar la vida compartiendo lo que uno tiene. Pep, haciendo gala de esa elegancia y hospitalidad tan suyas, no solo nos permitió descorcharlo en su mesa, sino que nos lo sirvió con un mimo exquisito y sin cobrarnos un solo céntimo por el descorche. Se portó, sencillamente, como el buen anfitrión que es. Y así, entre complicidades y platos de huerta y mar, dimos cuenta de la botella número 42 de un total de 675 que se elaboraron de Abrí las Alas 2015, la obra cumbre de la Bodega Valdemonjas que trabaja con una filosofía que nos entusiasma por su pureza. Descorcharlo en ese entorno de camaradería, de huerta y mar fue un auténtico viaje sensorial directo a la Ribera del Duero más indómita y sincera.

Estamos ante un vino tinto superlativo que huye por completo de la comercialidad fácil. Es un vino de terruño, directo y rotundo, que demuestra que cuando la materia prima es soberbia, el trabajo en bodega debe ser el de un mero acompañante respetuoso. Su paso por madera es evidente pero no cansa, gracias a una acidez natural magnífica aportada por la vejez de sus vides. Es un vino que exige atención, que evoluciona de manera soberbia en la copa a medida que se oxigena y que no dejará indiferente ni al catador más resabiado ni al neófito que busque emocionarse por primera vez con un vino grande de España.
Que un amigo decida no guardar una botella tan valiosa en su bodega particular, sino reservarla expresamente para descorcharla contigo, es un gesto de una generosidad enorme que llega muy profundo al corazón. En un mundo donde a veces impera el egoísmo material, compartir un tesoro líquido de esta categoría demuestra que, para él, el verdadero valor del vino no está en su precio en el mercado, sino en la calidad del tiempo compartido y en la solidez de nuestra amistad. Es el homenaje definitivo a la complicidad. Un acto de desprendimiento que ennoblece al que ofrece lo mejor que tiene porque aprecia el placer de compartirlo, convirtiendo un gran vino en un recuerdo imborrable de puro compañerismo.
Muchas gracias amigo.