Como un proyecto familiar decide poner el foco en el paladar real y huir del ruido mediático para ganarse al gastrónomo con kilometraje

A veces, la búsqueda de una mesa que justifique el desplazamiento obliga a salirse de los circuitos habituales del centro urbano. En los límites de Beniferri, allí donde la ciudad empieza a difuminarse, surge un rincón que ha preferido hablar en el plato antes que en los escaparates digitales de moda. El interior acoge al comensal con paneles de madera cálida, confortables bancadas de terciopelo azul y una singular celosía donde resalta la silueta del martín pescador que da su nombre en valenciano a la casa. Alejado de las tendencias impostadas, este espacio nos recuerda que el verdadero oficio se demuestra cuando la regularidad de la cocina y el buen trato al comensal se convierten en la única bandera. Sentarse a una de sus mesas en solitario es una invitación directa a reconectar con la sensatez técnica y el respeto absoluto a los tiempos de la buena cocina.

La propuesta pivota sobre una carta no muy larga pero sumamente inteligente, donde los recursos mediterráneos asimilan con naturalidad y sutileza ciertos guiños asiáticos. Al mediodía, se puede optar de forma brillante por un menú del día de 26€ (2026) que huye de los platos de relleno y mantiene la dignidad del producto de mercado. La sala, capitaneada con precisión, destila esa hospitalidad cercana pero impecable que tanto agradece el aficionado que peina canas.

El inicio marca el compás de lo que está por venir con un generoso aperitivo de almendras fritas tradicionales. A su lado, un pan de buena miga tostada sirve de soporte para una mantequilla de anchoas bien torneada que aporta el punto salino exacto, flanqueada por un cuenco de aceite de oliva virgen extra de tono dorado e impecable frutosidad que lamentablemente se presenta anónimo al servirse ya vertido.

Llega a la mesa la primera de las dos croquetas pedidas. Al abrirla por la mitad, el corte revela una farsa impecable y sumamente honesta, bien surtida de trozos de cecina de Wagyu que se integran en una masa cremosa y láctica. El rebozado exterior, crujiente y de grano tipo panko, contiene la melosidad interior sin rastro de exceso graso.

La croqueta de sepia en su tinta repite el éxito técnico de la anterior en cuanto a fritura uniforme y crujiente. Coronada sutilmente con un botón de alioli y acompañada de unos hilos de salsa de soja y cebollino.

El espectáculo llega al partirla, la masa es densa, oscura, intensamente marina y con unos trozos de sepia de tamaño generoso que visten el bocado con textura real, huyendo de las pastas ultrafiltradas industriales. Increíble.

Un bocado que sobre el papel prometía pero que sufre un evidente desajuste en la ejecución. Aunque visualmente resulta atractivo por el volumen que le otorga el nido superior de puerro frito crujiente, la masa hojaldrada del croissant con sobrasada llega excesivamente planchada y dura a la mesa. Al cortarla se rompe en pedazos por una rigidez excesiva que arruina la elasticidad natural que requiere un buen hojaldre.

Aquí la cocina saca pecho y expone sus mejores argumentos con una ración imponente y generosa que huye del minimalismo rácano. Dos finísimas y crujientes láminas de pan hojaldrado actúan como contenedores laterales de una cantidad soberbia de steak tartar de excelente viveza. El aliño equilibra la grasa natural con una lluvia fina de queso maduro y los aromáticos destellos de la trufa rallada por encima. Impresionante.

Afortunadamente llegó lo mejor de la comida al final, sin discusión, el mollete de foie y anguila con salsa unagi. Un mar y montaña de manual que juega de memoria con el paladar local. El mollete, tierno y ligeramente marcado, abraza un soberbio medallón de foie gras con el grosor idóneo y un preciso sellado exterior. Encima descansa el lomo de anguila, carnoso y con el punto ahumado ideal, todo ello amalgamado por el goloso lacado de la salsa unagi. Redondo.

El epílogo dulce se presenta de forma individual sobre un lecho de masa rota, azúcar glass y un racimo de grosellas para aportar acidez. Aunque la factura técnica del pastel es correcta en cuanto a texturas, carece de la personalidad y la potencia punzante que promete el apellido del queso azul Blue Stilton. Un postre simplemente correcto que peca de excesiva prudencia para no asustar al gran público.

Para armonizar este recorrido, la elección fue un valor seguro de la Ribera del Duero, un Hacienda Monasterio Crianza 2023, un tinto exquisito que destaca por su estructura sedosa, fruta negra madura y una madera impecablemente integrada que acompañó la progresión de los platos con solvencia, posicionándose justificadamente como uno de los vinos que más me están gustando últimamente, sobre todo el reserva, a gran distancia de otros muchos de su categoría. El vino se sirvió en una copa que replica a la perfección las formas de la colección Rona Umana, concretamente el modelo Umana 110 cl, cuyo volumen y sutil cristal permiten una oxigenación óptima y una percepción aromática limpia, un detalle que los entusiastas de la buena mesa valoramos enormemente.

Para mí comer solo nunca ha sido un hándicap si la cocina responde con esta seriedad y el entorno acompaña con tanta profesionalidad. Este proyecto demuestra que se puede hacer una notable cocina de producto y fusión en la periferia urbana sin caer en el postureo innecesario que tanto abunda hoy en día. Cuando pagas una factura de nivel en un restaurante, lo que suele suceder cuando vas solo y encargas una botella de vino de calidad, aunque te tengas que llevar la mitad a casa, le exijo tres condiciones innegociables: regularidad culinaria, una bodega a la altura y un servicio que anticipe las necesidades del comensal. Aquí las tres se cumplen con creces, justificando cada euro invertido en pura felicidad gastronómica, donde la elección de un gran vino y una sucesión generosa de platos con carácter marcan la diferencia. Una dirección para apuntar en la agenda y regresar, preferiblemente en compañía, para dar cuenta de sus arroces a la brasa.
