Una crónica detallada sobre el flamante espacio culinario integrado en el gran complejo de eventos de la ciudad, donde el producto y el diseño se dan la mano.

Valencia continúa expandiendo sus horizontes urbanos y gastronómicos a un ritmo vertiginoso. La última gran novedad de la temporada nos traslada directamente a la segunda planta del imponente Roig Arena, el nuevo epicentro del entretenimiento, la música y el deporte de élite en la capital. Integrado en este complejo se encuentra el Restaurante Poble Nou, uno de los distintos modelos de restauración que alberga. El diseño y el concepto gastronómico llevan el sello de Miguel Martí Gastronomía, una firma de contrastada trayectoria. El espacio arquitectónico destaca por su gran amplitud, concebida de forma polivalente mediante textiles pesados y grandes cortinajes que permiten modular la sala y generar espacios reservados para los clientes VIP según el tipo de evento que albergue el recinto.

El interiorismo de estilo contemporáneo presenta un techo artesonado muy vistoso y una barra lineal espaciosa provista de taburetes altos para el servicio de aperitivos o comidas informales. La sala ofrece unas vistas privilegiadas hacia el interior del pabellón a través de sus grandes ventanales. El espacio garantiza comodidad, con una generosa distancia entre sus mesas y una acústica bien resuelta que favorece la conversación tranquila, ideal para un almuerzo de lunes de agosto donde la ocupación moderada —apenas tres mesas— propicia una atmósfera relajada. El servicio se compone de un equipo joven que atiende con profesionalidad, cercanía y amabilidad. La propuesta de la casa se basa exclusivamente en una carta abierta orientada al producto de calidad con predominio de la brasa, el mar y los arroces a la leña, lo que sitúa la experiencia en una franja de precio medio-alto.

La comida dio comienzo con el servicio de pan, consistente en un pequeño trozo de hogaza de masa madre (2,75 € por ración), precio totalmente desorbitado. Presentaba una buena corteza crujiente y venía humedecido en aceite, sirviendo de antesala al aperitivo de cortesía. El personal nos sirvió como detalle de la casa este paté de ibéricos, de textura suave, junto a dos finas rebanadas de pan tostado y un hilo de aceite de oliva.

El primer entrante fue la ensalada de tomates y encurtidos (16,95 €). El plato se estructuró sobre una base de gajos de tomate fresco, coronado por un tartar de tomates secos, guindilla dulce finamente laminada y cebollitas encurtidas. Es una elaboración que destaca por la marcada presencia de matices dulces en uno de sus tomates, una tendencia contemporánea que contrasta con el perfil estrictamente salado tradicional de las ensaladas veraniegas y que personalmente me desagrada.

A continuación, llegó el brioche de tartar (9,50 €). Un panecillo tierno de mantequilla de formato alargado y tostado uniforme. Funcionó como soporte para un tartar de vaca madurada ligado con su aderezo, culminado simétricamente con puntos de yema de huevo curada y finas rodajas de cebolleta verde y encurtidos que completaron un pase correcto y clásico.

El tercer entrante fue la sepia 3 mayonesas (16,80 €). Se presentó cortada en dados tras una cocción a baja temperatura, según se indica en la carta, que buscaba una textura blanda. El conjunto apoyó su juego aromático a las hierbas frescas picadas y a un trío de emulsiones que la acompañaban en un plato aparte: una salsa mayomery (fusión de mayonesa con salsa mery), una kimchimayo de perfil suave a base de kimchi y una espuma ligera de mayolima para el contrapunto cítrico.

Como plato principal, compartimos el morrillo de atún (29,00 €). La cocina emplea para esta receta una pieza noble con el sello de calidad de Balfegó, dispuesta en finas láminas trinchadas en línea. La materia prima se cubrió generosamente con un escabeche ligado basado en cítricos de la huerta valenciana, cuyo potente nivel de acidez y densidad asumió el protagonismo del plato frente al sabor intrínseco de esta delicada pieza del atún.

Como acompañamiento elegimos el puerro a la brasa (5,75 €). Una pieza en cuatro trozos limpios y uniformes, bien confitados para asegurar la ternura del corazón y rematados al fuego directo para otorgarles un vistoso marcado tostado de parrilla. Vienen sazonados con sal en escamas, pimienta negra molida y un cordón de aceite de oliva. Esta guarnición ilustra la tendencia hostelera actual de ofrecer opciones diversas (pimientos, patatas, ensalada, etc...) y facturarlas por separado, elevando el coste total del principal, en este caso, hasta los 34,75 €.

El postre elegido fue esta versión de la tarta al whisky (12,00 €). Una pieza individual de formato circular cubierta en sus laterales por almendra crocanti picada y coronada con un cordón perimetral de rosetones de nata montada. En el centro, una oblea traslúcida lucía impreso el anagrama oficial del Roig Arena. La acompañaba en la base una crema con un ligero toque cítrico que estaba exquisita.

El servicio del postre en la mesa se completó con una buena ración de sirope de whisky, que venía en una botella de Johnnie Walker.

Para beber seleccionamos una botella de Mein Blanco 2023 (35,00 €). Un vino plurivarietal gallego de la D.O. Ribeiro, elaborado en el Val do Avia con un ensamblaje de variedades autóctonas de Albariño, Torrontés, Godello, Treixadura, Loureiro Blanco y Lado. Aportó una notable frescura, perfil atlántico y notas de fruta blanca ideales para acompañar la comida. La cristalería de la marca Riedel fue idónea.

Acabamos la comida con los cafés y sus correspondientes petit fours de cortesía, presentados con elegancia en una estructura vertical metálica de tres pisos. El platillo superior albergaba dos bombones esféricos de color rojizo elaborados con una sorprendente combinación de fresas con vinagre, mientras que el piso intermedio ofrecía dos crujientes tejas caramelizadas de tipo florentina con base de chocolate negro. En el nivel inferior, que no sale en la foto, venían dos piezas de chocolate, que según nos indicaron eran las últimas que debíamos probar. Repostería de calidad.
Restaurante Poble Nou se presenta como un punto de encuentro clave para quienes deseen combinar el ocio del Roig Arena con una parada gastronómica de perfil selecto. Su propuesta combina la herencia de los sabores tradicionales con una presentación contemporánea, apoyada en una infraestructura moderna y una ubicación privilegiada en la ciudad.