Prado Enea 2016 demuestra que la paciencia es el ingrediente más revolucionario frente a las prisas del mercado actual

Hace unos días pasé por Restaurante Flama, en ese chaflán del barrio de Gran Vía (en pleno distrito de L'Eixample) donde Eduardo Espejo trata el fuego con un respeto reverencial. Entre el desfile de bocados excelsos, como esa tortilla de bacalao líquida con cocochas que rompe moldes, Ricardo nos preparó una botella de Prado Enea 2016 Gran Reserva, escoltada por unas copas Josephinen Hütte Número 3 que hacían lucir el líquido como se merece. Qué manera de disfrutar. Mientras la brasa acariciaba el producto en la cocina de la misma Gran Vía del Marqués del Túria, en la copa se desataba un torrente de elegancia reposada que te reconcilia con el mundo. Este no es un vino para beber con prisas ni para cumplir el expediente, es un señor de Haro que exige asiento, buena compañía y esa pausa cómplice que los aficionados de verdad sabemos darle a las grandes ocasiones.

El Prado Enea 2016 es el ejemplo perfecto de cómo el clasicismo riojano bien entendido puede ser rabiosamente contemporáneo. Lo que impresiona de esta añada es su insultante juventud y vitalidad a pesar de llevar una década de vida entre madera y botella. La madera está integrada de forma soberbia, actuando como un soporte elegante que jamás tapa la pureza de la fruta. Es un vino redondo, fluido en el trago y con un equilibrio que augura una capacidad de guarda descomunal en los próximos años, si le hubiéramos dado la oportunidad. Un Rioja con mayúsculas que no necesita gritar para hacerse notar, le basta con desplegar su finura.
Si te lo cruzas hazte con él.