Una reseña gastronómica sobre el pequeño reducto asiático junto a la Estación del Norte, donde el fuego del wok convive con el frescor cítrico del yuzu.

Valencia tiene esa virtud camaleónica de albergar pequeños microcosmos geográficos en sus calles más singulares. Mientras la agitación comercial se concentra alrededor de las grandes estaciones, el entramado urbano que rodea la mítica calle Pelayo esconde esquinas donde el ritmo se ralentiza y los aromas cambian por completo. En el número 21 de esta vía se asienta Vi Viêt, un espacio de estética limpia y despejada, con lámparas colgantes y un llamativo neón en la pared, que huye de las puestas en escena recargadas para concentrar su discurso en la cocina tradicional vietnamita, aquella que se nutre del equilibrio entre frescura, hierbas aromáticas y el fuego vivo.
La propuesta culinaria, respaldada por un equipo nativo que gestiona tanto los fogones como la sala, ha ido consolidando un público fiel en la ciudad gracias a un boca a boca que premia la autenticidad de sus caldos y salteados. El servicio de sala destaca por un trato discretamente amable y solícito, logrando despachar las comandas con una fluidez notable. Su propuesta para el mediodía alterna una concurrida opción de menú del día por 12,50 € —que incluye bebida, dos primeros y un principal— con una carta abierta sumamente accesible, estructurada para compartir y recorrer los hitos de la gastronomía de Hanói sin que el bolsillo sufra en el intento. Una parada idónea para dos comensales con ganas de explorar texturas y contrastes nítidos.