Fruta salvaje y casta burgalesa para acompañar un gazpacho manchego icónico de la Bodeguita de Juan Llorens.

Hay días en los que uno no busca manteles de hilo largo ni la pompa de la alta cocina. A veces el cuerpo solo pide el bullicio sano de una barra auténtica, el calor de la gente y esas recetas eternas que reconfortan el alma. Eso mismo me llevó el otro día aLa Bodeguita de Juan Llorens, un rincón entrañable de Valencia donde se rinde culto al buen producto. Fui directo a por su gazpacho manchego, un guiso de los que ya no quedan, meloso, intenso y con el punto justo de sabor campero. Para un plato de esa enjundia, decidí que la ocasión merecía un vino con suficiente carácter para aguantar el envite. La elección fue Corimbo 2022, un tinto que me generaba curiosidad por venir de una añada calurosa y seca en la meseta norte. Esperaba un golpe de calor en la copa, pero lo que me encontré fue una grata sorpresa de equilibrio y viveza. El vino demostró una finura asombrosa, plantándole cara a la potencia del guiso con una acidez impecable y un torrente de fruta viva. Fue un matrimonio gastronómico impecable.

Corimbo 2022 es un vino excelente por su capacidad de rebelarse contra las condiciones extremas de su añada. En un año tan cálido, lo fácil habría sido caer en la sobremaduración y el exceso de alcohol pesado. Sin embargo, el vino destaca por una frescura insólita y un esqueleto frutal envidiable.
Muestra la casta indomable del terruño burgalés pero vestida con una finura soberbia. No hay maderas que tapen los defectos ni maquillajes comerciales. Es una botella franca, expresiva y con una textura en boca placentera. Un ejemplo magnífico de viticultura bien entendida en la Ribera del Duero actual.
Me dejó tan buenas sensaciones y unos recuerdos tan gratos que lo volví a tomar pocos días después en Bar Cabanyal.