Un recorrido líquido por viñedos bicentenarios cultivados en arenas volcánicas que traslada toda la salinidad atlántica directamente al paladar. Descubierto en el restaurante Arre de Castellón.

Extracto de la carta de vinos del restaurante Arre de Castellón
Durante mi última visita al restaurante Arre en Castellón, un rincón imprescindible asentado sobre los muros de piedra de un antiguo horno del siglo XIV, tuve la oportunidad de descorchar una botella que me ha roto los esquemas. Se trata de Jable de Tao, un vino blanco de la D.O. Lanzarote elaborado por la firma Jable de Tao Bodega y Viñedos bajo la dirección técnica del enólogo Carmelo Peña Santana. Quienes siguen habitualmente las líneas de este blog saben bien que no me dejo llevar por modas pasajeras ni por el márketing sonoro. Sin embargo, lo que hay dentro de esta botella merece una atención pausada. Este blanco no busca la explosión frutal ni el aplauso fácil del gran público; es una bofetada de tipicidad atlántica, un trago directo a la piedra volcánica y al suelo de jable que define la fisonomía de la isla canaria. Sentado en las mesas de Arre, disfrutando de su cocina identitaria y sin artificios, este vino se convirtió en el auténtico hilo conductor del momento. Es una propuesta singular que despierta el interés tanto del sumiller experimentado como del aficionado que empieza a explorar el fascinante universo de las variedades canarias. Un vino que invita a ser descubierto y que justifica, por sí solo, una reserva en el restaurante castellonense para experimentar cómo se armoniza la fuerza de los volcanes con la cocina de nuestra tierra.

En la copa presenta un color amarillo pajizo de intensidad media, muy limpio y brillante, con destellos verdosos en el ribete que denotan su juventud y buena acidez. La nariz es compleja y cambiante. Mandan las notas de fruta de hueso madura (níspero, albaricoque) que conviven con un marcado carácter mineral, típico de las tierras volcánicas. Al abrirse, aparecen recuerdos de hierbas secas, hinojo y un fondo salino. La entrada en boca es directa y fluida. Sorprende su cuerpo medio-alto, que llena el paladar sin resultar pesado gracias a una acidez viva muy bien integrada. El paso por boca es jugoso y un marcado sabor cítrico que invita a seguir bebiendo. El vino no se desvanece rápido, deja un postgusto seco, refrescante y con un leve amargor elegante que alarga la persistencia considerablemente, dejando un recuerdo mineral muy nítido.
Estamos ante una interpretación magistral del terruño de Lanzarote. Carmelo Peña ha conseguido equilibrar el volumen en boca que aportan las cepas viejas con la verticalidad y frescura que exige el consumidor actual. Es un vino serio, gastronómico y con una personalidad marcada que se aleja de la uniformidad comercial. Échale el guante si lo ves en alguna carta.